EL ÚLTIMO
BANDOLERO
Centenario de la
muerte de El Pernales.
La Tribuna de
Albacete. 31 de Agosto de 2007.
ANTONIO MATEO
El 31 de agosto de 1907 murió en la Sierra
de Alcaraz, alcanzado por dos disparos
certeros de la Guardia Civil, Francisco Ríos
González, El Pernales. Hace ya, por tanto,
cien años de su muerte, y su memoria,
después de un siglo, sigue tan viva como
aquel día último de agosto, en que su
cuerpo, junto al de Antonio Jiménez
Rodríguez, el Niño de Arahal, fue expuesto
exánime en la Plaza de Villaverde de
Guadalimar para la curiosidad pública como
si fuera un trofeo batido en una recién
finalizada cacería.
No vamos a ignorar las fechorías cometidas
por el bandido, que quizás no gozó de la
fama y gallardía que ensalzó a otros
bandoleros célebres, como José María el
Tempranillo, indultado durante el reinado de
Fernando VII, o el caballista Diego
Corrientes, que, dicen, repartía el dinero
que robaba entre los pobres. Aunque este
último, a pesar de no tener sobre él ninguna
acusación de muerte, tuvo una suerte
desigual, pues acabó sus días en el patíbulo
de una conocida plaza sevillana, para ser
descuartizado después y sus cuartos
expuestos en los caminos para escarmiento
público.
Pero habría que tener abierta la puerta de
la duda antes de condenar a Pernales sin
proceso previo y sin conocer un poco más de
su vida y leyenda, más aún teniendo en
cuenta calificaciones tan contrapuestas como
recibió de algunos contemporáneos suyos. El
sociólogo madrileño Constancio Bernaldo de
Quirós calificó al bandolero de villano y
cobarde, con rasgos de vengador e instintos
asesinos, mientras que el novelista Manuel
Halcón Villalón, que además lo conoció
personalmente, lo tildó de persona muy
humana y valiente.
Quizás no fue tan malvado ni tan valiente,
ni tan gentil con los campesinos o arrogante
con sus enemigos, aunque sin duda tuvo que
sufrir las duras condiciones sociales y
económicas de finales del siglo XIX, que
llevó a muchas gentes al monte. Si bien no
queremos con ello justificar ni excusar la
maldad cometida por nadie.
En una España rural llena de gentes
analfabetas, con un país atrasado e inculto,
en el que vivían personas extremadamente
supersticiosas, donde la injusticia social,
la miseria y el resentimiento eran el caldo
de cultivo de cada día, se daban todos los
ingredientes para el bandolerismo, según
ponen de manifiesto algunas radiografías de
la sociedad española novecentista. Estos
bandoleros sabían que su vida sólo acabaría
en el exilio o trágicamente apagada por el
impacto de la bala del fusil de algún
guardia civil, aplicando de su puño y letra
la Ley de Fugas, siempre que no pagaran
antes sus delitos en la horca de alguna
concurrida plaza de una gran ciudad.
Vida y muerte. Pernales fue un bandido para
las autoridades de su tiempo y un peligroso
delincuente, pero ante todo fue un hijo de
su época. Nacido en la ciudad sevillana de
Estepa, el 23 de julio de 1879, le tocó
vivir en un difícil periodo de la historia
de España, sobre todo para la clase social
campesina. La pobreza, la miseria, el hambre
y la injusticia caminaban juntas de la mano
por aquel tiempo en el viaje de la vida de
los campesinos andaluces.
Con apenas un lustro de existencia del
régimen conocido como Restauración, Cánovas
del Castillo había impulsado un sistema de
turnos de partidos a la manera inglesa, en
el que liberales y conservadores se turnaban
en el poder. Bien es verdad que ambos
partidos defendían a una sociedad burguesa
que se enriquecía con la industria y la
agricultura de los latifundios, mientras la
mayoría de la población vivía en el
analfabetismo y la miseria. Este régimen,
cuya cima era ocupada por el rey Alfonso XII,
llegado del exilio francés en plena guerra
carlista, era apoyado por la Iglesia y el
Ejército, y apenas un dos por cien de la
población tenía derecho al voto. De todas
formas los caciques, por medio del
encasillado y el pucherazo, se encargaban de
amañar las elecciones y evitar sorpresas
desagradables a la oligarquía dominante.
Ante este amargo escenario de miseria y de
pobreza, ante este régimen injusto y
pervertido, muchos campesinos no se
resignaron a su suerte y decidieron hacer
frente a esa situación, que muchas veces
juzgaban desesperante. Es verdad que todos
no se levantaban ante esa injusticia social
y ante el poder establecido, pero quizás por
no tener el suficiente coraje para hacerlo.
Posiblemente aquella situación desesperada,
que asfixiaba muchas veces a los campesinos,
fuera suficiente motivo como para justificar
a Pernales y a aquellas otras gentes que se
echaron al mundo del bandolerismo. El joven
Francisco Ríos comenzó sus raterías con su
padre y posiblemente con su tío Soniche, al
principio pequeños robos que se fueron
engrandeciendo con el paso de los años.
Comenzó posteriormente a frecuentar los
caminos y cortijos en los que robaba,
acusándosele de una violación en uno de
ellos. Su fama se fue extendiendo entre las
gentes del lugar y comenzó a ser una
pesadilla para las autoridades locales y
nacionales, que intentaron poner todos los
medios disponibles para su captura.
Entre los campesinos, al contrario, era un
paladín de su causa, un defensor animoso y
un memorable héroe que se enfrentaba al
poder, al que había que proteger a toda
costa. Más aún teniendo en cuenta que casi
siempre recibían algunas monedas o cigarros
cuando se cruzaban con él.
No vamos a esconder que fue acusado de una
violación con dolo, como ya apuntamos atrás,
y de una muerte con alevosía, aunque habría
que certificar lo primero y comprender lo
segundo; una justa venganza dentro del
código exaltado de aquellos azarosos años.
Macareno, el dueño de un cortijo a quien dio
muerte atado al tronco de un árbol, había
intentado previamente envenenar al bandido,
objetivo que consiguió el cortijero con su
tío, Antonio Ríos, alias el Soniche, posible
maestro suyo en el difícil arte del
bandolerismo.
Cuando Pernales comenzó a sentirse
fuertemente perseguido, después de alcanzada
la fama, decidió buscar mejores aires en
otros lugares, posiblemente en América, por
lo que se citó en Valencia con su querida
Conchilla, una joven moza de El Rubio, con
la que había tenido recientemente una hija.
Pero este proyecto de viaje americano se vio
truncado de un plumazo, pues las balas del
guardia Segovia y del cabo Villaescusa
sesgaron su vida y la de su compañero el
Niño del Arahal, un 31 de agosto del año
1907 a las dos de la tarde en Las Morricas,
que pertenece al término municipal de
Villaverde de Guadalimar.
Ruta del Pernales. Con su muerte violenta y
trágica, y ante la necesidad de héroes que
tenía el pueblo, comenzó el mito y la
leyenda. Se empezaron a contar narraciones
fantásticas sobre el bandido, e incluso se
llegó a decir que el muerto de la Sierra de
Alcaraz no era el Pernales, sino un anónimo
malhechor con cuya muerte se pretendía
ocultar los repetidos fracasos en su
captura. Así lo aseguraba un pastor de
Estepa, que, habiendo dudado ante las
autoridades cuando fue llamado a identificar
los muertos en Alcaraz, afirmaba esta vez
ante sus paisanos que ninguno de aquellos
cadáveres era el del Pernales.
El Centro Excursionista de Albacete organizó
hace un par de años la Ruta del Pernales, un
proyecto senderista que pretende mantener
viva la leyenda del bandido, pues considera
esta asociación deportiva y cultural que se
debe conservar cualquier tradición oral que
ha sido transmitida de padres a hijos a lo
largo de los años. Con este proyecto y un
librillo, editado por la Diputación
Provincial, se pretenden mostrar los lugares
por donde pasó el célebre bandolero aquel
día 31 de agosto poco antes de morir.
También se quieren dar a conocer con esta
publicación unos pueblos, unos lugares y
unas gentes, que ven en el turismo rural su
oportunidad para frenar la recesión
demográfica que vienen sufriendo desde hace
décadas.
Lejos de intentar ensalzar a ningún héroe
popular o al más perseguido villano de los
albores del siglo XX, según miremos con uno
u otro color del cristal, el Centro
Excursionista de Albacete ha tratado de
atraer la mirada hacia estos pueblos y estos
lugares, exponiendo sus áreas de interés y
ayudando a guardar sus tradiciones y
leyendas para las generaciones venideras.
Así lo entendió durante muchos años la
literatura de cordel del siglo XIX, en la
que se contaba la vida mísera de los
campesinos españoles y se cantaba la leyenda
de héroes legendarios, valientes y
justicieros, echados al monte para vengar
injusticias o alguna ofensa pasional, que
quizás sólo existieron, como tales, en los
archivos de las imaginaciones de algunos
autores. Esto sirvió de aliento, sin
embargo, a muchos viajeros románticos, que
redescubrieron España, con sus leyendas y
mitos, con su idiosincrasia y singularidad,
principal motivo para atraer a la flor y
nata de los literatos europeos, que
encontraron en nuestra patria la fuente de
inspiración.
La Diputación de Albacete ha editado, por su
parte, un monográfico de la revista Zahora
dedicado al centenario de la muerte del
bandido. En esta obra, titulada «Pernales,
el último bandolero», no sólo se pretende
recordar su memoria y leyenda, sino mostrar
unos modos de vida, unas tradiciones y unas
costumbres, que forman parte de la cultura
de nuestros pueblos, en los que perduran sin
que el paso del tiempo los haya conseguido
borrar.
Quizás sean muchos los que hagan aspavientos
y pongan la mirada bizca ante tanta
celebración y homenaje a una figura, que no
sabemos con certeza si perteneció a ese
género de bandoleros románticos y gentiles
del siglo XIX, protagonistas de las novelas
de algunos célebres escritores.
Pero lo único que se pretende al rescatar su
memoria de su sepulcro en Alcaraz es
mantener viva una leyenda, que corre de boca
en boca y de oído a oído, que comenzó a
gestarse el mismo día de su trágica muerte;
la leyenda del bandido generoso que robaba a
los ricos para dar a los pobres.
Importa poco que sea o no verdad esta
leyenda, aunque al menos habría que
acogerla, ad cautélam, con las pinzas de la
duda y la prudencia. Pero sí es cierta y
verdadera la copla que se canta desde el día
de su muerte, que resuena como un clamor de
piedra en piedra, por cada monte, por cada
valle y por cada rincón de la sierra:
Ya mataron al Pernales,
ladrón de Andalucía,
el que a los ricos robaba
y a los pobres socorría
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